Los cambios políticos y económicos que se sucedieron a lo largo de la Edad Contemporánea implicaron una profunda transformación en las diferentes sociedades del mundo. Las Revoluciones industriales enriquecieron a las burguesías de los diferentes Estados europeos y, en consecuencia, se desataron revoluciones políticas que buscaban implementar gobiernos liberales y acabar con los privilegios políticos y económicos de las noblezas.
Desde la Revolución francesa, se propagaron los ideales de libertad e igualdad como fundamento para la organización de cualquier sociedad. El Antiguo Régimen de la sociedad moderna mantenía una división social por estamentos, entre los que la nobleza y el clero monopolizaban privilegios políticos y económicos.
En 1789, el gobierno de la revolución aprobó en Francia la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, eliminó las diferencias estamentales y definió los términos de la libertad individual de las personas.
Sin embargo, los nuevos derechos excluyeron a las mujeres y mantuvieron la prohibición de su participación política, aunque fueron protagonistas de las revueltas y las manifestaciones que llevaron a la creación de la República.
Las revoluciones liberales del siglo XIX llevaron a la implementación del sistema capitalista en diferentes partes del mundo y, de esta manera, las sociedades europeas se convirtieron en sociedades de clase. Las clases se diferenciaron por las condiciones económicas de las personas y no por un reglamento jurídico.
En principio, las leyes de los Estados capitalistas resguardaban la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y garantizaban el cuidado de la propiedad privada, elemento fundamental para el enriquecimiento de la burguesía.
En las sociedades de clase se puede diferenciar, por un lado, la burguesía, integrada por los dueños de los medios de producción que tienen el capital para invertir, financiar y producir más valor; y por el otro, el proletariado, integrado por quienes no tenían medios de producción y debían vender su mano de obra para obtener dinero y saciar sus necesidades básicas.
En respuesta a esta desigualdad económica y social, nacieron y se difundieron el socialismo y el comunismo. Ambas ideologías postulaban la que la igualdad y la libertad protegidas por la ley de los Estados capitalistas no generaban condiciones de igualdad económica para toda la sociedad.
Si bien no existían limitaciones jurídicas para el enriquecimiento de los individuos (y el ascenso de clase social), en la práctica era imposible que la clase social proletaria se convierta en burguesía. En el sistema capitalista, el capital se genera con la explotación de una clase social por otra.
Mientras las leyes defendieran la propiedad privada de la clase burguesa, no existirían condiciones materiales para el enriquecimiento de la clase proletaria. Por lo tanto, las condiciones de desigualdad económica se perpetuarían de manera sistemática. En este sentido, se sostiene que las clases sociales tienen necesidades y, por lo tanto, intereses contrarios por los que luchan continuamente.